El actor y el boxeo

El arte del actor es sangriento, brutal, primitivo, salvaje, despiadado y agresivo. Como el arte del boxeador. el dramaturgo, el director y el actor deberían pasar por lo menos una tercera parte de su formación entrenándose con un profesor de boxeo.
El problema está en asignar a estas características naturales un valor negativo. Pero el problema mas grave es que los profesores, talleres y academias de arte dramático enseñen que la belleza solo está en las concepciones burguesas de lo delicado, de lo elevado, de lo fino y de lo sutil. Alberto Ure lo explica sin vueltas: el actor se sacrifica para la escena, poniendo su cuerpo y su psiquis a disposición de las fantasías y fantasmas del director y a disposición de las perversiones mas oscuras del público, porque quiere que lo vean, porque quiere recuperar una identidad, porque necesita que el afecto de los otros. Ricardo Bartís realiza una síntesis al decir que el actor es un linyera de los afectos.
El ring es el espacio escénico en el cual se desarrolla una historia que como toda historia termina bien para uno y mal para otro, pero nunca termina en empate, ni siquiera en las historias posmos de los spregeldburds.
El actor, como el boxeador, debe manejar una técnica para estar en el espacio, para accionar y reaccionar, para mantener el equilibrio, para modificar al otro. Y que bueno sería que el actor le diera la importancia que le boxeador le da a la técnica, ya que el boxeador sabe que cuanto mas se entrene y mas desarrolle su fuerza, su actitud, su convicción, su equilibrio, su velocidad, su resistencia, su golpe, su agilidad, mayores oportunidades tendrá de noquear que de ser noqueado. El actor debería entrenar pensando que tiene que noquear emocionalmente a los espectadores, a sus compañeros, al director, a los críticos y a los académicos. que lindo cuando en escena un actor o una actriz es como un animal peligroso y te da miedo dirigirlo, porque no sabes como puede reaccionar. Quisiera dirigir actores y actrices salvajes, peligrosos, valientes, que puedan dejarme hirviendo o helado según lo que quieran hacer de mi en los ensayos. Y que tengan el poder de enloquecer a los espectadores. que pena que no existan ese tipo de actores o actrices. Y que pena que cuando apàrece alguno como fue el caso de Claus Kinski, se los tome como excéntricos.
Las escuelas de arte dramático pervierten a nuestros actores para que puedan ser contemplados por el público, y poco a poco les quitan a esos jóvenes psicóticos que empiezan a actuar todo el poder del latido de sus músculos, del caos impulsivo que manifiestan en escena, de la vibración trascendental de sus músculos.
Los profesores, académicos y críticos, y finalemnet los propios actores nos quitan el latir sangriento, la transpiración erótica y la fuerza destructora que el teatro debería recuperar a través de una nueva generación de actores.

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