Peyotera.


En el año 2007 sufrí una recaída. Había dejado de tomar la medicación durante 3 años y mi estado de ánimo era estable. Pero, un vez más, cuando me sentía fuerte y confiada, tropecé. ¿Debería haber seguido tomando la medicación? ¿Debería haber consultado mas seguido al médico? El miedo volvió, como el trueno que levanta arena de un desierto. Entonces decidí ir a una ceremonia de medicina, de medicina del peyote.
Mi madrina participaba de unos cursos de yoga y meditación. Con ese grupo además hacían ceremonias de medicinas, como se las llamaba antes y se las vuelve a llamar ahora. Creyendo sería el momento justo mi madrina me invitó a una ceremonia de medicina del peyote. Era en una casa antigua en el barrio de La Boca. Había que quedarse hasta el amanecer, porque cuando saliera el sol, recibiríamos un nuevo nombre del peyote, para ser liberarnos de una buena vez y de una buena forma. ¿Debería haber desconfiado de mi misma? ¿Donde esta mi enfermedad? ¿En mi cuerpo o en mi mente?
Llegué de noche, a la hora que estaba convocada la ceremonia. La calle donde me dejó el colectivo era de esas calles feas llenas de fábricas. Camine unas cuadras sin luces hasta llegar. La casa era una vieja casona de conventillo con paredes de chapa, con la fachada gris descascarada y el pasillito de entrada daba a un jardincito. Había olor a humedad. Ya había unas personas. Me asusté un poco mas de lo que venía asustada, porque la primer persona que saludé parecía un muerto vivo. Pensé que ya había consumido peyote y todas las expectativas románticas e tenía de la ceremonia se echaron a perder. Ese semi hombre tenía pocos dientes y te hacía sentir que había perdido la dignidad, que había pervertido su cuerpo y su espíritu de las formas mas atroces. El hombre con pocos dientes trató de sonreírme con una sonrisa fracasada. Lo besé por compromiso pero él no mostró gestos en su rostro perdido de darse cuenta de mi espanto.
Tenía la fantasía que la ceremonia sería un viaje psicodélico y descontrolado de los sentidos. Pero nada de eso sucedió, porque cuando se nos convocó a sentarnos en ronda alrededor de unas pocas brasas que sostenían un pequeño fuego en un comedor con las luces apagadas, Antonio, quien dirigía la ceremonia nos dijo que lo más importante era que tuviéramos claro cual era nuestro propósito, que estábamos buscando y que estábamos haciendo ahí en ese preciso momento. Lo dijo con una convicción tan profunda que al día de hoy lo recuerdo: que estoy haciendo acá en este preciso momento. ¿que hago? 
El momento de comer el peyote se acercaba porque un asistente de Antonio, nos repartió unas bolsistas explicándonos con mucho amor que nuestro estomago se iba a aliviar con la medicina del peyote, y las bolsas eran para guardar los alivios que luego serían entregados a la Tierra con mucho respeto. Antonio prendió una chala de maíz con tabaco dentro, fumó, sopló humo hacia los puntos cardinales, hacia su corazón, su pelvis y su cabeza. Finalmente sopló humo al peyote. ¿Hice bien en comer o hice mal? Si un profundo deseo de curarme me había llevado hasta ahí, podría estar mal haber desobedecido a mi medico. Él había sido muy claro: nada de alcohol ni drogas. ¿Era este peyote una droga? Comí.
Con mucho miedo le dije que no quería a Antonio y él me presionó para que comiera, con prepotencia “El peyote es medicina. Tu decidiste venir a esta ceremonia. Nadie te obligó. El guardián del fuego y yo vamos a sostener esta ceremonia con nuestras vidas.” le dije que tenía mucho miedo. “Te voy a dar menos que a los demás, pero viniste a curarte y eso es lo que vas a hacer. El fuego te va a sostener. Comé” ¿Que debía hacer? ¿En quien debía confiar? ¿En mi psiquiatra que había dicho que lo peor que podía hacer era tomar alucinógenos? ¿O en este hombre que me pedía que confiara en el fuego? 
 

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