Crónica de una entrevista

Llegué al canal, a la hora de los últimos sueños antes que la ciudad despierte. La Luna se despedía dejando una intensa neblina que juntaba todo lo que estaba separado. Me anuncié, me hicieron pasar y fui llegando hasta el estudio donde me harían la entrevista. Entré y me senté respetuosamente sin molestar el trabajo de nadie.
Un señor a mi lado tomaba mate y conversaba con otro de actualidades sociales. Le pedí un mate. Me lo quiso cobrar $100. No le encontré gracia a la broma. No la festejé. Yo estaba ahí para hablar de mi libro. Decidí mantenerme concentrado. El señor me preguntó si quería el mate dulce o amargo. Le agradecí y elegí amargo. Me dio un mate dulce. Edulcorado. Con edulcorante. Mantuve mi concentración.
Una señora me maquilló y no me dirigió la palabra. Yo cerré los ojos. La periodista Verónica Gonzalez, me explicó como iba a ser la estructura de la nota. Mientras la escuchaba me perdí. Le agradecí y le dije que ella conduciera que yo me dejaba llevar.
Llegó mi turno. Me senté en la silla y me di cuenta que no podía apoyar los pies en el piso. Estaba como flotando en el aire. Entré el pánico, porque necesitaba apoyar mis pies en el piso, porque debajo del cemento siempre está la Tierra que nos mantiene y sostiene en equilibrio. Busqué refugio en Verónica, pero ella no me pudo ver con los ojos porque es ciega. Estaba solo flotando en el aire. Busqué apoyo mirando a los periodistas, productores, o técnicos, pero no encontré nada. Estaba solo, frente a Verónica que no me podía ver. Entonces descubrí que a mi lado había un vaso de agua. Tomé agua. El agua me calmó un poco, y volví a mirar fijo a Verónica. Mantuve mi mirada hacia ella.
Y ahí, de pronto... ella me empezó a "ver". Deslizó una leve e imperceptible sonrisa. Y en ese momento se presentaron todos mis familiares y todos mis amigos. Toda mi historia, todo mi presente y todos mis sueños me apoyaron. Y ahí comenzó la entrevista en la que no hablé yo.
Hablamos todos.


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