Aprender a fracasar.


Fracasar es difícil, porque no queremos y no sabemos cómo hablar de nuestros fracasos. Creo que tampoco sabemos como fracasar. Ese parecería ser el gran problema. Buscamos distintas formas todos los días de triunfar, pero hemos dejado a un lado las búsqueda de caminos que nos enseñen formas de fracasar. Por otro lado las industrias culturales, nos llevan cada vez más a quienes hacemos teatro a volvernos profesionales competentes y competitivos. Últimamente estuve llenando formularios como guionista de un documental, en los que me preguntaban cuales son mis ventajas sobre mis competidores, y que describa a mis clientes.

La aparición de las redes sociales en nuestras vidas, le ha dado a la imagen una importancia que antes no tenía. Sacarse una foto durante una gira en el aeropuerto o en un teatro de Europa, parece ser lo que al público “le gusta”, parafraseando el mecanismo de “megustear” que ha instalado Facebook en la cultura. Hoy todo puede viralizarse y ponerse de moda. Y muchas veces parece ser que quienes intentamos hacer arte estuviéramos en búsqueda de viralizarnos. ¿Podríamos llamar al siglo XXI como el siglo del “me gusta”? Seguramente estoy exagerando, sin embargo creo que nuestra cultura y nuestra forma de comunicarnos se vulgariza y banaliza cada día mas.

Pero después de muchos años uno aprende, a los golpes. Si uno esta dispuesto a aprender del proceso creativo, descubre que no es posible hacer espectáculos sin fracasar. Cuando uno se acostumbra al fracaso, comprende que un espectáculo es en el fondo el arte de fracasar y construir sentido en el fracaso. Un director es un buscador de fracasos. Samuel Beckett escribió:

"Siempre intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor."



En este sentido, comprendo que un ensayo particularmente consiste en el arte de fracasar. Se trata de buscar mejorar la capacidad de fracasar. Si uno logra vencer el demonio interior que nos genera el deseo del éxito, uno descubre que existe un camino en el cual pueden empezarse a buscar la verdad y la belleza. Aprender a fracasar es doloroso. Escribo hoy para elaborar el fracaso de ayer. Quiero decir que aprender en que me equivoqué implica primero evitar enojarme con mis errores. Hacerse cargo es difícil, sobre todo para quienes trabajamos en las artes escénicas, dado que la obra sucede a través de nuestros cuerpos. Lo especifico de los errores implica analizar lo especifico de las tareas de dirección. ¿Donde está el error? ¿Elegir mal el equipo de trabajo? ¿Equivocarse en el reparto de los personajes? ¿Pueden subsanarse los errores? 


Creo que todo error puede subsanarse. Pero un error antes de realizar una función puede llevarla al fracaso, aunque el publico la aplauda y la ovacione a la función. Uno sabe cuando la función no salió como uno quería que la función saliera. Es ahí dónde aparece la experiencia del fracaso. Ver la función y sentir que está saliendo mal, y no hay forma de evitarlo es una de las peores sensaciones que me ha tocado vivir. Gracias a Dios, no me ha tocado atravesar muchas veces esa sensación desesperante, angustiante y opresora del fracaso. Uno podría discutir que el fracaso y el éxito son subjetivos y en mucho dependen del gusto de quienes reciben la obra, es decir en los complejos fenómenos de recepción. Sin embargo, uno sabe que a veces fracasa. 


Es difícil discriminar la producción de la dirección. Las contigencias de las formas del producción en el teatro independiente, son despiadadas, antropófagas y salvajes. Creo que el aprendizaje tiene que ver en comprender al fracaso como una búsqueda sutil. En lugar de verse desbordado por escandalosos fracasos, que producen mucho dolor en el pecho, creo que los directores podríamos encontrar una estrategia del fracaso, en la cual podamos administrar y gestionar pequeños fracasos en las funciones. Proyectar el fracaso nos ahorra la escandalosa sensación de creer que somos lo peor del mundo y no merecemos nada de lo que hemos sabido construir con paciencia y trabajo. Fue también Beckett quien declaró

"Mis errores son mi vida”



Las formas de producción contemporánea pueden resultar un atentado terrorista contra el arte. En este sentido el dramaturgo enseña acerca de nuestra relación con la importancia personal, el ego y el narcisismo, grandes enemigos del impulso artístico. Equivocarse, en realidad es la esencia del arte. Sin error, no hay impulso. Sin impulso, no hay vida. Sin, vida, no hay arte.

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